• Evelyn Vicioso Moyano

Qamaña y el valor de las mujeres que protegen el agua

Desde 1992, cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua, coincidentemente en el mes de las mujeres. En su 29° versión el lema Valoremos el Agua buscó resignificar el carácter fundamental y multifuncional que cumple el recurso hídrico en la vida de las personas y los ecosistemas, estableciendo un espíritu de reconocimiento de la influencia del agua en nuestras culturas y en las diversas dimensiones de la vida y el buen vivir.


Lo que aymaras denominan "Suma Qamaña" y mapuche "Kume Mogen" es una cosmovisión que implica que un individuo no puede vivir bien si los demás viven mal o si se daña a la Madre Tierra. Valorar el agua, es también valorar la tierra, esa noción de armonía entre el ser humano y la naturaleza que permite construir una sinergia del buen vivir. Esta cosmovisión es muy cercana al rol de cuidado que realizan las mujeres en sus hogares y comunidades. Ya se ha dicho que protegen, pero también hemos aprendido que sus liderazgos promueven acciones más armónicas de desarrollo y convivencia social.


El rol que tradicionalmente cumplen las mujeres es clave en la protección del derecho humano al acceso al agua, tanto en sus hogares como en los centros de distribución del recurso. Tal como reconoce la ONU, el rol de las mujeres en el suministro, gestión y defensa del agua es fundamental para una sociedad más justa y resiliente. Ellas son las principales usuarias del agua doméstica, y quiénes soportan la parte principal de la carga de una mala gestión de ésta. Como plantea Cristina Fragouk y Leslie Bravo, la cantidad y calidad del recurso hídrico disponible que tengan las mujeres influirá directamente en la vida cotidiana, facilitado o dificultando sus labores cotidianas. Ya sea en el ámbito privado como en el público.


En un país como Chile, en plena emergencia climática y con un modelo de gestión y gobernanza del agua que sostenidamente excluye a las mujeres, las dificultades para el buen vivir son inconmensurables: problemas de salud física y mental, horas extra de trabajo no remunerado para el abastecimiento, crisis económica y de la agricultura familiar, son algunos ejemplos del impacto de las divisiones del trabajo y de las funciones ambientales basadas en los roles de género. Éstas establecen desigualdades socioambientales que debemos enfrentar de cara al proceso constituyente para mejorar la calidad de vida de miles de mujeres que no cuentan con suministro de agua de calidad.


El actual Código de Aguas establece las reglas y la forma en que se gestiona el agua como recurso, considerando solo el punto de vista extractivo. Este modelo no permite preocuparse o hacerse cargo de los otros tipos de usos, asociados al cuidado de las comunidades y la protección del buen vivir que representan las defensoras del agua en diversos territorios. Las características actuales de la construcción del Estado subsidiario chileno, sumado a una cultura patriarcal fuertemente vinculada con el derecho de propiedad, deja fuera de la gestión del agua a las principales defensoras del recurso hídrico, ya sea en los hogares como en la esfera pública.


El reconocimiento del aporte de las mujeres es un ejercicio básico si queremos contribuir a la igualdad de género, pero también para proteger los cuerpos de agua. Reconocer el rol social que cumple el agua para la vida contribuye a incorporar una cultura del cuidado que abarque acciones públicas que releven la organización social y económica del trabajo que realizan las mujeres para garantizar el bienestar físico y emocional de sus familias y comunidades cuando escasea el agua.


Garantizar constitucionalmente el acceso humano al agua y saneamiento como derecho fundamental para el desarrollo de la vida es un imperativo del próximo proceso constituyente y el reconocimiento del aporte de las mujeres en la gestión del buen vivir, un componente básico de una sociedad que promueva la igualdad de género y la justicia ambiental.


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